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La psicopatología tal y como la ve un conductista: una crítica a las etiquetas diagnósticas

Foto del escritor: bh salud mental
bh salud mental
2 may
4 min de lectura

A menudo puede observarse, con cierta sorpresa y preocupación, la proliferación de etiquetas psicológicas en redes sociales, libros de divulgación y conversaciones cotidianas. Hoy es común que se utilicen términos como “narcisista”, “apego evitativo”, “persona vitamina”, “tóxico(a)” o “dependiente emocional” para describir casi cualquier experiencia psicológica.


El problema no es solo que estos términos se usen mal, lo cual ya sería suficiente, sino que se utilizan para casi todo. Se han convertido en una especie de atajo mental: nombrar algo da la ilusión de entenderlo. Sin embargo, ponerle nombre a un problema no es comprenderlo, y mucho menos resolverlo. Lo más preocupante es que esta práctica no se limita a la población general; incluso profesionales de la psicología recurren a estas simplificaciones, reforzando una comprensión superficial de los problemas psicológicos.


En esa lógica, las etiquetas terminan haciendo más daño que bien. Simplifican en exceso, generan estigmas y, en muchos casos, llevan a las personas a fusionarse con una identidad, como cuando alguien se define a sí mismo(a) en términos de “soy ansioso(a)”, “soy depresivo(a)” o “soy así”. El problema deja de entenderse como un patrón modificable y empieza a asumirse como una característica fija.


Más allá de la etiqueta: una lectura funcional del malestar

Tras múltiples procesos terapéuticos que he tenido la oportunidad de acompañar, algo se vuelve evidente: las etiquetas diagnósticas tienen una utilidad limitada. En el mejor de los casos, describen. Pero describir no es explicar, y mucho menos intervenir.


Cuando se habla de psicopatología, tradicionalmente entendida como el estudio de los trastornos mentales, suele pensarse en categorías como depresión, ansiedad o trastorno límite. Sin embargo, desde una perspectiva conductual, esta forma de organizar el malestar psicológico resulta insuficiente.


En lugar de concebir estos fenómenos como entidades internas que alguien “tiene”, resulta más útil abordarlos como problemas psicológicos entendidos como dificultades en la interacción entre una persona y su contexto. Es decir, una persona intentando adaptarse, muchas veces sin los recursos necesarios, a un entorno que le impone determinadas demandas.


Una definición más útil 

Un problema psicológico puede entenderse como el conjunto de comportamientos que una persona realiza o deja de realizar y que, en su contexto actual, interfieren con la dirección de vida que le gustaría construir. En muchos casos, estos comportamientos fueron útiles y funcionales en el pasado; el problema no es su existencia, sino su persistencia en un contexto donde ya no resultan eficaces. Es en ese punto donde dejan de ser soluciones y se convierten en parte del problema.


Desde esta perspectiva, el análisis se organiza en dos dimensiones básicas: excesos y déficits:


  • Excesos: conductas que ocurren con alta frecuencia y que alejan a la persona de la vida que quisiera estar viviendo.

  • Déficits: conductas ausentes o poco frecuentes que serían necesarias para acercarse a esa dirección de vida.


Su utilidad y simpleza radica en que permite delimitar el problema y hacerlo intervenible


Primero, para la persona que está en el problema (no “que es el problema”).

Hablar en términos de comportamientos cambia completamente el juego. Ya no estamos ante algo fijo o identitario, sino ante algo modificable.


No es lo mismo decir: “soy depresivo(a)” que decir: “he reducido muchas actividades importantes para mí y paso mucho tiempo rumiando sobre el pasado” En el segundo caso, aparecen posibilidades de acción. En el primero, resignación.


Segundo, reduce el estigma. Si entendemos los problemas psicológicos como dificultades de adaptación en contextos exigentes, entonces dejan de ser “cosas raras” que le pasan a unos pocos. Se vuelven algo profundamente humano. Cualquiera, bajo ciertas condiciones, puede desarrollar patrones de evitación, rumiación o inactividad. No es una falla de carácter. Es aprendizaje en contexto.


Tercero, tiene una ventaja clínica enorme. Este enfoque obliga al terapeuta a trabajar con precisión: ¿Qué comportamientos están en exceso? ¿Cuáles están en déficit? ¿En qué contextos ocurren? ¿Qué los mantiene? Y a partir de ahí, intervenir con dirección clara:


  • Aumentar conductas valiosas (activación conductual, exposición, adquisición de habilidades, desarrollo de mayor flexibilidad en el reportorio de conducta)

  • Reducir patrones interferentes (patrones de evitación, rumiación constante, control ineficaz)


Lo complejo no está en el comportamiento, sino en lo que lo controla

Anticipando una crítica frecuente: esta perspectiva no busca reducir la psicología a una lista de conductas. Identificar excesos y déficits es solo un punto de partida. Ordena el problema, pero no lo explica.


La dificultad real está en entender por qué un patrón se mantiene, incluso cuando la persona sabe que le hace daño o la aleja de la vida que quisiera construir. Ahí es donde el análisis se vuelve funcional.


El comportamiento no ocurre en el vacío. Está sostenido por múltiples variables que interactúan entre sí y le dan continuidad en el tiempo:


  • Historia de aprendizaje: lo que ha sido reforzado, evitado o castigado. 

  • Contexto social actual: demandas, presiones y contingencias del entorno. 

  • Reglas verbales: lo que la persona se dice y que guía su conducta. 

  • Procesos emocionales: respuestas que organizan la acción o la evitación. 

  • Condiciones biológicas: factores que modulan la intensidad y la sensibilidad. 


Desde esta perspectiva, el foco no está en nombrar el problema, sino en entender cómo funciona en contexto. Analizar qué lo activa, qué lo mantiene y qué papel cumple en la vida de la persona.


Repensar los problemas psicológicos

Reducir los problemas psicológicos a etiquetas limita su comprensión. Un análisis riguroso exige describir qué conductas están ocurriendo (o no), en qué contextos aparecen y qué consecuencias las mantienen. Sin análisis funcional, la intervención pierde dirección técnica y se vuelve imprecisa. Cuando lo que se plantea no puede traducirse en términos de comportamiento y contexto, difícilmente constituye una explicación útil.


Las etiquetas pueden facilitar la comunicación, pero no son suficientes para intervenir. Repensar los problemas psicológicos implica dejar de abordarlos como categorías y empezar a analizarlos como patrones de comportamiento en contexto, sostenidos por procesos de aprendizaje. Es en ese nivel donde el análisis adquiere valor clínico y orienta la intervención.


Cristian Mejía Gaviria

Psicólogo  

Especialista




 
 
 

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