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Ansiedad social y el pánico que nos genera el "¿qué pensarán?"

  • Foto del escritor: bh salud mental
    bh salud mental
  • 6 nov 2025
  • 4 Min. de lectura

Hay momentos en los que simplemente estar frente a otros puede sentirse como estar bajo un reflector que no se apaga. El corazón se acelera, la mente se llena de pensamientos del tipo “¿Y si digo algo tonto?”, “¿Y si notan que estoy nervioso?”, “¿Y si me equivoco?”.


La ansiedad social puede manifestarse en cosas tan simples como tener que hablar en una reunión, pedir algo en un restaurante, presentarse ante desconocidos o incluso enviar un mensaje por error en un grupo de trabajo. En todos estos escenarios hay algo en común: el temor a ser evaluado, juzgado o rechazado.


El DSM-5-TR define el trastorno de ansiedad social como “un miedo o ansiedad intensos en una o más situaciones sociales en las que el individuo está expuesto al posible escrutinio por parte de otras personas”. En otras palabras, es el miedo persistente a la posibilidad de ser juzgado negativamente.


Cómo aprendimos a estar en este problema

Nadie nace con miedo a ser juzgado. Lo aprendemos.

Algunas personas lo hacen a través de experiencias directas: una burla en el colegio, una corrección humillante frente a otros, una mirada de desaprobación que marcó un antes y un después.

Otras, lo aprenden indirectamente, a través de reglas internas que se construyen con el tiempo: “Debo hacerlo todo perfecto”, “No puedo mostrar nervios”, “Ser tímido es malo”.


Con el tiempo, estos aprendizajes moldean nuestra identidad. Pasamos de pensar “me cuesta hablar en público” a afirmar “soy tímido”. Y con esa etiqueta vienen estrategias para sobrevivir: evitar reuniones, no expresar opiniones, dejar pasar oportunidades… Todo para evitar ese terror que produce la idea de ser juzgado.


En el fondo, la ansiedad social no solo es miedo a los demás, sino miedo a nuestras propias reacciones ante los demás. No tememos tanto la crítica, sino cómo nos sentimos frente a la posibilidad de esa crítica.


¿A qué es lo que realmente tememos?

Creemos que tememos al juicio de los demás, pero, en realidad, lo que nos asusta es la sensación que ese juicio (real o imaginario) despierta en nosotros: el calor en el pecho, el temblor en la voz, el pensamiento que grita “no estás a la altura”.


La ciencia ha mostrado que el miedo más intenso no surge del juicio explícito (que rara vez ocurre), sino de la incertidumbre sobre lo que los demás podrían estar pensando. Esa imposibilidad de comprobar si “piensan mal de mí” alimenta la ansiedad.

Investigaciones en psicología social y cognitiva han mostrado que las personas con ansiedad social sobreestiman la probabilidad y la gravedad de una evaluación negativa, generando una hiperconciencia de sí mismas y de su desempeño. En palabras simples, el problema no está en lo que los demás piensan, sino en lo que uno cree que los demás piensan.


La voz crítica interior

La ansiedad social también se sostiene por una autocrítica implacable. Muchas personas que la padecen se juzgan más severamente de lo que lo haría cualquier otro. Se reprochan cada palabra mal dicha, cada gesto, cada silencio incómodo.

Este diálogo interno crítico surge, al principio, como una forma de prevención —“si me analizo, no volveré a equivocarme”—, pero termina siendo una forma de castigo constante. El resultado es una vida vivida desde la corrección, no desde la conexión.


Dos formas de evitar lo que tememos

Las personas con ansiedad social suelen organizar su vida en torno a evitar el malestar. Esto puede ocurrir de dos formas:


  1. Evitación pasiva: dejar de hacer cosas.

No hablar en reuniones, no conocer gente nueva, no expresar desacuerdos, no pedir ayuda. Es el “mejor no hacerlo” para evitar sentir ansiedad.


  1. Evitación activa: hacer de más.

Prepararse excesivamente para una exposición, ensayar cada palabra antes de hablar, controlar cada gesto, pedir repetidamente validación. Es el “hacer demasiado” para no equivocarse.


Ambas estrategias alivian a corto plazo, pero a largo plazo limitan la vida. Reducen las oportunidades de aprendizaje y de conexión. Y lo más importante: impiden que el cerebro aprenda que la ansiedad no es peligrosa y que el error no destruye.


Lo que podemos aprender

Superar la ansiedad social no implica dejar de sentir ansiedad, sino aprender a relacionarte de manera diferente con ella.

El cambio comienza cuando te expones de forma gradual y guiada a esas situaciones que temes, permaneciendo en ellas el tiempo suficiente para que tu cuerpo y tu mente aprendan —por experiencia— que nada terrible ocurre.

Esa es la esencia de los tratamientos psicológicos basados en evidencia: no eliminar el miedo, sino enseñarle al cuerpo que puede tolerarlo.


En conclusión

La ansiedad social no es una debilidad ni una enfermedad incurable. Es una forma aprendida de relacionarte con el miedo al juicio y con tus propias emociones.

Y, como toda forma aprendida, puede reaprenderse.


Si te sentiste identificado(a) con estas palabras, y sientes que el miedo a lo que otros piensen te está limitando, da el primer paso hacia una vida más libre.


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2 comentarios

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Daniel
07 nov 2025
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

Con esa información se da uno cuenta que la mayoría sufrimos aunque sea un poquito de ansiedad social, muy valiosa esa explicación

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Natalia
07 nov 2025
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

Un artículo de gran ayuda

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